Pero, déjame que te lo cuente mejor.
Esto no empezó en Andorra. Y tampoco empezó con un negocio online.
Esto venía de antes. De mudanzas previas. De decisiones grandes tomadas sin tenerlo todo claro. De esa costumbre mía de moverme cuando algo ya no encaja.
Lo que los foros no te cuentan.
Para ser sincera. Visto desde lejos, Andorra parecía la solución ideal.
Tranquilidad. Montaña. Educación top. Seguridad a tope. Paisajes que parecen filtros de Instagram.
Pensamos: «Aquí se puede criar bien a dos niños.»
Y no era una locura. O eso parecía desde Buenos Aires leyendo foros entusiastas, artículos optimistas y testimonios de gente que parecía vivir en una postal.
Lo que no leí en ningún foro: cómo es vivir realmente en Andorra cuando no eres millonario ni influencer.
Primera traba. No era fácil llegar a Andorra sin residencia ni trabajo. Nos asesoramos, y nos aconsejaron hacerlo como empresa.
Un asesor. Luego otro. Uno desapareció. El proyecto, curiosamente, siguió.
Cuando ya habíamos avanzado lo suficiente, decidimos continuar igual. Llegamos a Andorra con un mes alquilado en un apart, reuniones con un gestor nuevo, el permiso de residencia en trámite y mucha ilusión.
Y sí, seamos honestos: Andorra enamora al principio. Es bonito. Muy bonito. Muy instagramable.
Las montañas ayudan.
Ese mes era para encontrar apartamento.
En Andorra encontrar piso es difícil. Y caro. Muy caro.
Faltando apenas dás para que terminara el alquiler temporal, apareció uno. Viejo. De abuela. Pero bien ubicado. Cómodo.
Seguimos.
La realidad: coste de vida y emprender en Andorra.
El coste de vida es altísimo. Los alquileres, altísimos.
Y el país es pequeño. Muy pequeño.
Aquí solo se vive para trabajar. No hay tiempo ni margen para otra cosa.
Emprender en Andorra es difícil. Aquí son empresarios, no emprendedores. Gente con capital. Con estructura. Con años de ventaja.
Competir con lo que ya hay es complicado. Y montar algo desde cero sin presupuesto grande, más.
Y la división es clara: los que tienen, tienen mucho. Los que no, poco. Los pringados, digamos.
Y la clase media la rema en el medio. Pagando alquileres caros, trabajando para sostener una vida que no termina de ser tuya.
Aquí no hay pequeños propietarios jugando a invertir. Hay muy pocos dueños de mucho. Edificios enteros. Bloques completos.
El resto alquila. Y paga. Y paga caro.
En paralelo, el dropshipping seguía sin funcionar. Lo cerramos. Y la empresa de ATM que generaba ingresos mensuales dejó de pagar.
Pasado más de un año viviendo en Andorra, la conclusión fue clara: así, no.
Como no soy de quedarme quieta lamentándome, volvimos al plan inicial. El de antes de Andorra.
Seguimos el consejo más sabio que salió de la boca del líder del club de inversión: «Para crecer de verdad, deben irse de Andorra.»
España. Barcelona. No fue una ocurrencia nueva. Fue retomar algo que ya estaba decidido y que habíamos aplazado por contexto, miedo y exceso de prudencia.
Busqué piso. Busqué trabajo. Hice entrevistas online. Conseguí ambos. Visitamos colegios. Todo encajaba.
Avisamos que dejábamos el piso en Andorra con el tiempo que corresponde.
Todo como se supone que hay que hacerlo.
Y entonces pasó lo que nadie investiga.
Faltaba una semana para irnos. Una.
COVID. Cierre de fronteras.
No pudimos salir del país. Literal.
Lo que aprendí.
En teoría, investigando lo suficiente, tomas buenas decisiones.
En la práctica, la vida mete variables nuevas cuando ya has decidido.
Andorra enamora desde lejos. Y frustra desde dentro cuando tu realidad no coincide con la postal.
No siempre sale bien. No siempre a tiempo.
Pero avanzas igual.
Lo que vino después en Andorra no lo vimos venir. COVID, fronteras cerradas, y el periodo más duro.