Miedo a reinventarte: por qué no te mueves aunque quieras

El miedo a reinventarse no llega como miedo. Llega como esto:

«Ya estoy grande para eso.» «A esta altura de mi vida…» «Eso es para los jóvenes.»

Y lo más fascinante es que las dices convencida. Con una calma que da miedo.

Lo que está pasando es esto: no te reinventas porque no quieres mover lo que llevas años construyendo. Aunque esté a punto de ahogarte.

La edad es la excusa. El miedo a reinventarse es la razón.


¿Es demasiado tarde para reinventarse?

¿Para cambiar de profesión? ¿Para empezar ese proyecto que llevas tres años a punto de arrancar? ¿Para dejar de hacer cosas que odias pero que sigues haciendo porque un día dijiste que querías hacerlas y ahora rectificar te parece demasiado?

No es la edad lo que te frena. Es el apego a una versión de ti que ya caducó. Que guardas como esos vaqueros que algún día te van a volver a quedar.

Y lo sabes.


Cambiar de vida no es traicionar lo que fuiste

Hay quien cree que cambiar es admitir que antes estaba equivocada.

No es eso.

No eres la misma persona que hace diez años. Ni la de hace cinco. Ni la de antes de ser madre, o de perder ese trabajo, o de sobrevivir a aquella relación que duró dos años más de lo que debería.

Seguir actuando como si lo fuera no es coherencia. Es ficción.

Reinventarte es actualizarte. Lo que te servía antes ya no te sirve. Lo que te definía ya no te representa. Eso no es inestabilidad. Es que estás prestándote atención.


Qué pasa con tu entorno cuando decides cambiar

Cuando decides cambiar, aparecen las voces.

«¿Pero no estabas bien donde estabas?» «Qué valiente.» (Con ese tono que significa exactamente lo contrario.) «Oye, que ya no tienes veinte años.»

Lo que pasa es esto: cuando tú cambias, obligas a otros a preguntarse por qué ellos no lo hacen. Esa pregunta incomoda. Y ante la incomodidad es más fácil convencerte a ti de que estás equivocada que respondérsela a ellos mismos.

No es personal. Pero tampoco es tu problema.


El coste real de no reinventarte

No reinventarte también es una elección. Y tiene consecuencias igual de reales. Solo que más silenciosas.

Si sigues en un trabajo que odias porque «total, ya llevo tantos años», eso es una decisión. Si sigues en un rol que te queda pequeño porque «tampoco es para tanto», también. Si llevas cinco años diciendo el año que viene, ese año que viene ya tiene polvo encima.

El miedo no desaparece esperando. Te acostumbras a él. Y ya no te mueves.

Pero no actuar garantiza algo. Frustración, esa frustración de baja intensidad que no duele lo suficiente para actuar, pero que tampoco te deja tranquila. La que se asienta. La que con los años se convierte en amargura.


Mujeres que se reinventaron después de los 40

Hay mujeres y hombres que montan negocios después de los 50. Que se mudan a otra ciudad a los 45. Que cambian de carrera a los 42 después de veinte años haciendo lo mismo.

No porque sean extraordinarias. Sino porque un día decidieron que el precio de no hacer nada era más alto que el de equivocarse.

Reinventarte no siempre es romperlo todo. A veces es cambiar una pieza. Soltar algo. Decirle que no a lo que llevas tiempo diciéndole que sí sin ganas.

A veces es solo reconocer, aunque sea en voz baja, que quieres algo distinto.

La incomodidad que sientes leyendo esto no es casualidad.

La pregunta no es si es demasiado tarde. Es cuánto tiempo más piensas seguir esperando a que deje de serlo.

(El año que viene, seguramente.)


¿Te identificas con algo de esto? Si ya sabes que quieres cambiar pero no sabes por dónde empezar, el siguiente artículo es para ti: Cómo reinventarse a los 40 sin que te dé un infarto en el intento.


Más errores igual de buenos:

No mando frases motivacionales. Mando texto. Con contexto.

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