Porque hay cosas que no se pueden planificar.
Cuando terminó el post anterior, nos quedamos dentro.
Literalmente.
Fronteras cerradas. COVID. Andorra.
Encerrados
En ese momento nuestros hijos tenían tres años la mayor y un año y medio el pequeño.
Pero el encierro con niños pequeños no es una anécdota. Es desgaste puro.
No se podía salir. No se podía trabajar como antes. No se podía hacer nada «normal».
Y todo era incertidumbre.
En medio de todo eso, mi padre enfermó.
Vivía a 14.000 kilómetros. No «lejos». Lejos de verdad.
Insuficiencia renal aguda. Rápido. Sin margen.
Mi madre y mis hermanos estaban allí, con el COVID de por medio y lo que eso significaba.
Yo, encerrada en Andorra. Con dos niños pequeños. Con fronteras cerradas.
Hablábamos todo el tiempo. Intentábamos sostenernos como se puede cuando no estás donde deberías estar.
Había una posibilidad de viajar. Pero viajar significaba aislarme días. A la ida. A la vuelta. No podía dejar a mis hijos tanto tiempo.
Y ahí llegó la decisión que nadie quiere tomar.
Fue mi madre —esa mujer enorme que tengo por madre— la que me dijo que no fuera. Como madre, creo que entendió mi dilema.
Me despedí de mi padre por videollamada de WhatsApp.
No hay forma elegante de decir eso. Ni falta que hace.
Al día siguiente, falleció el mejor amigo de mi marido en un accidente.
Todo junto. Todo encerrados. Todo sin poder movernos.
Cuando el cuerpo también dice basta
Y por si todo eso no era bastante, yo también enfermé.
COVID.
Me aniquiló.
Ambulancia. Médicos vestidos como si fueran a salir al espacio. Una medicación de prueba. Literalmente de prueba.
Firmar un papel donde decía, entre otras cosas, que me podía morir.
Pero era eso, ¿o qué?
Recuerdo ir en la ambulancia pensando una sola cosa: no voy a volver a ver a mis hijos.
Un pensamiento seco. Animal.
Sobreviví.
Después vinieron más. Tuve COVID ocho veces en total. Ahora lo cuento casi como una anécdota. En ese momento, no lo era.
En ese momento, el cuerpo también dijo basta.
El COVID siguió. El encierro también.
Y nosotros seguimos. Como pudimos.
No desde la épica. Desde la supervivencia cotidiana.
Con miedo. Con cansancio. Con una tristeza que no desaparece, pero se aprende a convivir.
Pasaron los meses. Se pudo salir. Comencé a trabajar en una tienda. Los niños volvieron al cole, con mascarillas.
Casi un año entero de vida suspendida.
Por qué Andorra dejó de tener sentido
Andorra nos dio cosas buenas. Personas increíbles. Oportunidades. Aprendizajes.
Estoy agradecida. De verdad.
Pero algo empezó a verse claro.
Andorra es un país donde mucha gente vive para trabajar. Donde llegan algunos con muchísimo dinero. Youtubers. Inversores.
Y luego estamos los demás. Los que sostenemos el sistema.
Trabajas. Pagas. Vuelves a trabajar. Y cuando miras a largo plazo, no encaja.
No porque trabajar esté mal. Sino porque trabajar para sostener un sistema que no te deja crecer tampoco es el plan.
Y cuando un lugar deja de darte margen, por muy bonito que sea, empieza a expulsarte.
Nada de esto estaba en el plan. Ni el encierro. Ni la despedida a distancia. Ni enfermar creyendo que no volvía a ver a mis hijos.
Andorra cumplió su ciclo. Como otros lugares antes.
No porque fuera un error. Sino porque no todo está hecho para durar para siempre.
Y ahora estamos planificando otra mudanza. Otra vez.
No porque seamos de huir. Sino porque sabemos movernos cuando quedarse ya no suma.
No puedes planificar lo que va a pasar. Solo puedes decidir cuándo quedarte ya no tiene sentido.
La siguiente mudanza nos llevó a comprar una casa en Italia. Sin luz. Sin agua. Y con mucho sentido.