Tres mudanzas internacionales en 5 años. Con hijos. Con mascotas. Sin tenerlo todo atado. Y sin arrepentirme de ninguna.
Año 2010. Vivíamos en Buenos Aires. Y viajábamos muy seguido a Uruguay. Portezuelo. Punta del Este. La playa. La calma. La gente.
Uruguay nos gustaba. Mucho. No como destino turístico. Como idea de vida.
Comprar sin tenerlo todo atado
En 2011 apareció una oportunidad. Un terreno a muy buen precio. A pocos metros del mar. En un balneario casi virgen. Pocas casas. Nada alrededor.
Lo compramos.
Sin casa. Sin plan. Sin manual. Con mucha ilusión y bastante inconsciencia.
Una combinación muy mía. Si me conocen por otros posts, ya saben cómo va esto.
Empezamos el proyecto desde Buenos Aires.
Error número uno.
Arquitectos. Presupuestos. Promesas. Y, cómo no, algún estafador en el camino. De los que te cobran, te prometen avances, te mandan fotos de otras obras, y desaparecen. Con el dinero. Sin rastro. Esos
Hacer una obra a distancia es como jugar al TEG con los ojos cerrados. No ves nada. No controlas nada. Y siempre pierdes territorio.
Buenos Aires ya no era una opción
Antes incluso de Uruguay, Buenos Aires ya nos había pasado factura.
Robos violentos. Miedo real. Un intento de secuestro.
No fue un «puta, qué mala suerte». Fue de esos golpes que te ponen el cuerpo en alerta permanente. Y una vez que estás ahí, ya no vuelves a estar tranquilo.
Elecciones en Argentina. Las opciones eran mala y peor. Y si ganaba uno de los candidatos, no queríamos seguir ahí.
Ganó.
Y tomamos una decisión: nos íbamos.
No porque Uruguay fuera perfecto. Porque quedarnos tampoco lo era.
No esperamos. No terminamos nada. No lo pensamos demasiado.
Te vas cuando ya no puedes quedarte. No cuando todo está listo. Eso es un lujo que no siempre existe.
La mudanza fue una odisea.
Nos fuimos con cuatro perros, tres gatos y un conejo.
La familia no se deja atrás. Nunca fue una opción.
Llegamos a Uruguay y empezamos a hacer la casa con nuestras propias manos. Poco a poco. Como se puede.
Yo trabajaba en un centro comercial. Mi marido seguía remoto con su trabajo de siempre.
Todo iba bastante bien. Sin romantizarlo.
Vivir cerca del mar en un lugar virgen es precioso… y también incómodo. Un poco aislado. Lento. Algo lejos de todo.
Pero funcionaba. Y a veces eso es suficiente.
Cinco años después: cuando la vida vuelve a cambiar
Estuvimos casi 5 años en Uruguay.
Y entonces llegó nuestra primera hija.
Y ahí algo se movió.
Uruguay es precioso. Lo llevo en el corazón. Su gente. Los amigos que dejamos allí.
Pero no era el lugar donde queríamos criarla. Argentina tampoco.
Así que apareció otra idea: España. Barcelona.
Uno de mis lugares en el mundo. Bella. Vibrante. Con todo lo que buscábamos.
Para hacerlo, teníamos que volver a Buenos Aires a hacer trámites. Solo eso. Rápido y fuera.
Volvimos solo por los papeles.
Pero la vida decidió alargar la estancia.
Quedé embarazada de nuestro segundo hijo. Embarazo complicado. No se podía viajar.
Tocó esperar. Esperar en una ciudad de la que ya nos habíamos ido mentalmente.
Alquilamos un pequeño apartamento en el centro. Estábamos alerta. Más de lo que me gustaría admitir.
Mientras esperábamos en Buenos Aires, seguíamos intentando aplicar teorías de inversión que no encajaban con nuestra realidad. Teníamos un plan financiero perfecto para una vida que no existía.
Fueron meses duros. De los que no se olvidan. De los que te recuerdan por qué te fuiste.
La decisión que nos llevó a Andorra
Mientras esperábamos, se hablaba mucho de inmigración en Europa. España. Las pateras. El ruido político.
No queríamos empezar desde el prejuicio. Ni sentir que llegábamos «mal».
Por amigos viviendo fuera y por una investigación bastante poco realista —eso lo entendí después— nos construimos una idea de que había un lugar mejor. Un lugar donde todo encajaba.
Ese lugar fue Andorra.
Nuestro segundo hijo nació. Y al mes y poco, nos fuimos.
Sí. Al mes y poco.
No por impulso —aunque soy impulsiva, ya lo habrán notado—. No por locura.
Por lógica. O por lo que en ese momento parecía lógica.
Tres países en pocos años. Cada vez con menos certezas y más equipaje.
Y cada vez más claro que no te mueves cuando está todo listo. Te mueves cuando ya no puedes quedarte.
Si estás esperando a que todo esté listo para moverte, vas a esperar para siempre. La vida no funciona así. Nunca lo hizo.
Lo que no sabía entonces es que esa sensación de no encajar no iba a desaparecer con la mudanza. Algunas cosas te siguen a donde vayas.