Comprar una casa en Italia. Sin luz ni agua. Tiene sentido igual

Italia no apareció como plan. Ni como estrategia. Ni como «el siguiente paso lógico».

Fue una intuición. De esas que no sabes explicar sin que suene a locura.

La primera vez que la vi

Hace unos años, mirando portales inmobiliarios sin demasiada intención, vi una casa en Italia. Pequeña. Aislada. Rodeada de tierra.

No era una casa «normal». No era una oportunidad evidente. No era nada de eso.

Y aun así, me vi ahí. No viviendo el presente. Viendo lo que podría ser.

No hice nada. Estábamos en Andorra. Había que viajar. Había niños. No había vacaciones por delante. Había contexto. Lo dejé pasar.

Un día llegó una notificación del portal inmobiliario: la casa ya no estaba en venta.

Pensé: se vendió. Y seguí con mi vida.

Tiempo después, planificamos un viaje de verano a Italia. Queríamos recorrer. Conocer. Volver a pisar un país que siempre estuvo ahí para mí, aunque nunca del todo.

Una semana antes de salir, recibí un correo de Idealista:

«Uno de tus favoritos vuelve a estar publicado»

Era esa casa. La misma.

Le dije a mi marido: —Tenemos que verla. Aunque nos desviemos.

Nos desviamos mucho. Muchísimo. No fue práctico. No fue cómodo.

Pero fuimos.

Verla en persona

La vimos. La recorrimos. La miramos con calma.

Y ahí la parte racional empezó a hablar. La que no se calla nunca.

Porque sí, una parte de mí pensó exactamente esto: esto es una locura.

La casa no tenía luz. No tenía agua. No tenía servicios. No era una casa lista para vivir. Era tierra. Y estaba en otro país completamente diferente al que vivíamos.

Sabíamos que detrás había una inversión grande. Trabajo. Tiempo. Paciencia. Todo lo que cualquier persona sensata te diría que evites.

Comprar una casa así, en Italia, sin tenerlo todo claro, no es precisamente lo que te enseñan en ningún libro de inversión inmobiliaria.

Pero había otra parte.

La que ya se equivocó. La que ya intentó cosas a distancia. La que ya aprendió en Uruguay que si no estás cerca, no funciona.

Esa parte no veía un problema. Veía potencial.

No fue romanticismo barato. Fue experiencia acumulada. No vi una casa para entrar a vivir. Vi un proyecto que solo tenía sentido si estábamos cerca.

Y ahí encajó todo.

Volvimos a Andorra. Hicimos números. Hablamos mucho.

No fue impulsivo. Hicimos una propuesta.

La aceptaron.

Hoy la casa es nuestra.

Lo que Italia significa para mi

Italia no es solo un lugar.

Mi padre hablaba de Italia siempre. Siempre.

Mis abuelos emigraron con la guerra. Cortaron raíces porque no había alternativa. Mi padre fue el único de todos los hermanos que no nació en Italia. Nunca pudo verla. Nunca pudo viajar.

La vida fue otra cosa.

Y aunque esto no se pueda medir ni justificar con lógica, sé que quiero estar ahí porque quiero volver a hacer crecer algo que se cortó a la fuerza.

No repetir errores conocidos

Si algo aprendimos en Uruguay es que los proyectos importantes no se construyen a distancia.

Esta casa implica mudanza. Implica estar cerca. Tomar decisiones ahí. Equivocarnos ahí.

No desde lejos.

En teoría, comprar una casa en Italia sin luz ni agua no es buena idea. En teoría, lo sensato es esperar, tenerlo todo claro, minimizar riesgos.

En la práctica, la vida no se mueve así. Y yo ya aprendí esa lección de la forma más cara posible.

Esto no nació del impulso. Nació de haber probado otras cosas y haber entendido lo que no funciona.

La casa es nuestra. Sin luz. Sin agua. Con mucho trabajo por delante.


Y con la certeza de que esta vez estaremos cerca.

Más errores igual de buenos:

No mando frases motivacionales. Mando texto. Con contexto.

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