La teoría no vive aquí (y la vida no sigue manuales)

La teoría dice que, si te organizas bien, todo sale. Que con disciplina, constancia y ganas puedes con todo. Que, si no lo logras, probablemente sea falta de foco.
La teoría siempre encuentra una explicación sencilla. Y la culpa, claro, es tuya.
El problema es que la teoría no tiene hijos. Ni gastos sorpresa. Ni días en los que estás cansada antes de empezar. Ni mudanzas. Ni duelos. Ni nada que se salga del puto manual.
La teoría es muy ordenada. La vida, otra historia.

No escribo desde la ignorancia

Yo sé perfectamente lo que hay que hacer. He leído los libros. He hecho los cursos. He escuchado los podcasts mientras limpiaba la casa porque no tenía otro momento.
No escribo desde la ignorancia. Escribo desde el choque frontal entre lo que sé y lo que puedo.
Entre lo que dicen los manuales de productividad y lo que permite la vida real cuando decide que ese día no.
Hay una brecha brutal entre lo que sabes que deberías hacer y lo que acabas haciendo cuando:
Tu hijo se despierta tres veces en la noche y tú tenías planeado madrugar para «enfocarte en tus objetivos».
Tienes que decidir con la mitad de la información porque no hay tiempo para esperar al momento perfecto.
El dinero no alcanza para el plan A. Ni para el B. Y el C era una fantasía desde el principio.
Estás agotada a las 11 de la mañana y te queda media semana por delante.
La mudanza, el trabajo, el caos y la falta de sueño coinciden el mismo mes. Qué mala suerte, ¿verdad?

La brecha entre lo que sabes y lo que puedes (spoiler: es enorme)

Hay una brecha brutal entre lo que sabes que deberías hacer y lo que acabas haciendo cuando:
Tu hijo se despierta tres veces en la noche y tú tenías planeado madrugar para «enfocarte en tus objetivos».
Tienes que decidir con la mitad de la información porque no hay tiempo para esperar al momento perfecto.
El dinero no alcanza para el plan A. Ni para el B. Y el C era una fantasía desde el principio.
Estás agotada a las 11 de la mañana y te queda media semana por delante.
La mudanza, el trabajo, el caos y la falta de sueño coinciden el mismo mes. Qué mala suerte, ¿verdad?
En ese momento, la teoría sigue siendo perfecta. Inmaculada. Brillante.
Pero tú no puedes aplicarla. Y ahí es donde la teoría te suelta la mano y te dice: «Debe ser que no estás comprometida de verdad. Debe ser un problema de mentalidad.»
Claro que sí.

En ese momento, la teoría sigue siendo perfecta. Inmaculada. Brillante.
Pero tú no puedes aplicarla. Y ahí es donde la teoría te suelta la mano y te dice: «Debe ser que no estás comprometida de verdad. Debe ser un problema de mentalidad.»
Claro que sí.

No es falta de ganas. Es exceso de realidad.

A veces el problema no es que no sepas. Ni que no quieras. Ni que no te esfuerces lo suficiente.
El problema es que la vida no negocia con tu Excel. Ni con tu bullet journal. Ni con tu planificador semanal de objetivos SMART.
No le importa que tengas un plan. No le importa que hayas leído todos los libros de productividad. No le importa que sepas exactamente qué hacer.
La vida tiene sus propios tiempos. Y sus propias reglas. Y no siempre coinciden con las tuyas.
De hecho, casi nunca coinciden.
Y cuando no sale, la teoría te dice que el problema eres tú.
Que no priorizaste bien. Que no te organizaste suficiente. Que te faltó disciplina. Que no estás haciendo lo que de verdad quieres porque si quisieras de verdad, podrías.
Nunca dice: «Quizá ese plan no encajaba con tu vida en ese momento. Quizá ese método está pensado para otra persona con otro contexto. Quizá no todo el mundo puede hacer las mismas cosas al mismo ritmo.»
Porque eso no vende cursos de 500 dólares con bonus exclusivos.

Lo que la teoría no pregunta

La teoría asume que tienes:
Tiempo disponible. No tres horas al día después de acostar a los niños. Tiempo de verdad.
Energía estable. No agotamiento crónico. No días donde arrastras el cuerpo porque sí.
Un contexto neutro. No un bebé nuevo, una mudanza y una cuenta que no cierra todo junto.
Una vida que no se mueve mientras planificas. Jajaja, buena esa.
La teoría es universal. La vida, no.
Y cuando algo no sale, a veces no falla la teoría. Falla pretender que la vida se adapte a ella en lugar de al revés.
Falla creerse que si no puedes seguir el manual es porque no eres lo suficientemente disciplinada.

Lo que tardé años en entender

No todo lo correcto es aplicable. No todo lo que funciona, funciona siempre. Y no todo método sirve para todas las vidas.
A veces la teoría correcta llega en el momento más equivocado posible.
La vida no sigue manuales. No avisa antes de meter mano en tus planes. No espera a que termines un curso para cambiarte las reglas del juego.
Y cuando eso pasa, puedes hacer dos cosas:
Pensar que el problema eres tú porque no pudiste con todo. Que te falta mentalidad ganadora. Que no estás suficientemente comprometida.
O entender que la brecha entre teoría y vida real es normal. Que a veces lo más sensato es soltar el manual y moverte como puedas. Que está bien no poder con todo. Y que eso no te hace menos válida ni menos capaz.
Yo tardé años en entender eso.
Y ahora que lo entiendo, ya no espero que la teoría me salve. Ni que los manuales funcionen siempre. Ni que alguien en un podcast me diga la frase mágica que lo arreglará todo.
La teoría no vive aquí. Y la vida no la está esperando.

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